Antonio Fumero

I+D. Todo se puede solucionar con una cerveza fría.

Por tus andares te conocerán

La sociedad vigilada en la que vivimos hace ya tiempo no deja de hacer crecer la desconfianza de los individuos “estabulados” que la conformamos. La monitorización de los espacios públicos se ha convertido en algo habitual gracias a los rigores de la pandemia y la necesaria distancia social. La salvaguarda de la privacidad de los ciudadanos se ha centrado en el tratamiento de los datos biométricos que potencialmente se puedan captar a través de los innumerables sistemas que pueblan nuestras ciudades; pero ¿Sabemos hasta dónde llegan esos datos biométricos?

La imagen de un estado vigilado es la de la cámara de seguridad en un espacio público de cualquier ciudad moderna, o los titulares de algún país lejano donde el reconocimiento facial está al servicio de las fuerzas del orden público… A nadie se le escapa el hecho de que cuando hablamos de reconocimiento facial estamos hablando de datos biométricos de una persona; pero no es habitual que nos fijemos en el hecho de que existen otro tipo de datos biométricos que no son físicos, fisiológicos o biológicos en general, sino “conductuales”.

¿Qué son los datos biométricos?

La definición que encontramos en la GDPR (artículo 4.14) habla de “datos personales que resultan del procesamiento, mediante técnicas específicas, de las características físicas, fisiológicas o conductuales de una persona”. Por otra parte, el artículo 9.1, incluye entre los datos de categoría especialdatos biométricos dirigidos a identificar de manera unívoca a una persona física”.

Más allá del reconocimiento facial, del iris, de la huella dactilar, o de la voz, podemos decir que la biometría conductual es la siguiente frontera: a partir de los movimientos cotidianos, los gestos que utilizamos para relacionarnos y comunicarnos se pueden extraer características y patrones que nos pueden permitir identificar con un alto grado de precisión a una persona.

Entre esos gestos o movimientos que nos delatan podemos encontrar la dinámica del tecleo, los movimientos del cursor, las pulsaciones y movimientos sobre la pantalla de nuestro dispositivo móvil, o incluso cómo lo sujetamos y manipulamos con la mano. Existen sistemas de autenticación basados en usuario y contraseña que añaden la verificación de la dinámica de tecleo, por ejemplo; hay en el mercado aplicaciones que permiten obtener mapas de calor a partir de la interacción de los usuarios finales a través del dispositivo móvil u otras que permiten añadir parámetros conductuales a la identificación del usuario del dispositivo móvil.

Arte urbano en Tetuán (fuente: Yorokobu)

En cualquier caso, la identificación biométrica, ya sea basada en características físicas o conductuales, no proporciona, en caso alguno, una precisión del 100%. Se apoya generalmente en técnicas de aprendizaje automático, cuya algoritmia nos proporciona una determinada probabilidad de identificación personal.

Existen también características biométricas conductuales asociadas a nuestro cuerpo que podrían parecer menos invasivas que las fisiológicas tradicionales: la postura corporal, la forma de andar, la dinámica del pestañeo de nuestros ojos, etc.

A la hora de perfilar a una persona utilizando los patrones que se pudieran extraer de este tipo de características, por el contrario, puede darse el caso de que se considere un proceso más invasivo: a la hora de tomar las huellas dactilares a una persona, o de pedirle un escáner de retina o una imagen de su cara, el momento en el que se realiza la adquisición de datos está claramente determinado, algo que no resulta tan sencillo de acotar cuando vamos a utilizar, por ejemplo, su forma de andar.

e-Fumérides

¿Tienes claro qué datos biométricos estás tratando y si lo estás haciendo de acuerdo con el marco regulatorio actual? ¿Sabemos hasta qué punto “nos tienen vigilados”? Recuerda que, aunque no veas las cámaras, el Gran Hermano te está mirando…



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